Tema :»INFOCRACIA» por Alberto Cifuentes Avello

Por Alberto Cifuentes Avello

Profesor

Tema: “INFOCRACIA”

Ámbito: IA, SOCIOLOGIA Y DEMOCRACIA

En recientes días hice un tema de actualidad referido a filosofía y sociología y que, ahora resumido, hace ver que la primera esta quedando para utilizarla en torno a un café o una tarde mirando el atardecer frente al mar.

Pues bien, y ahora y gracias a un estimado amigo que me lo insinuó, escribo sobre la infocracia y que, habiéndome informado, en verdad, es de alto grado ocuparnos, no preocuparnos, porque ya sabemos que el preocuparnos no pasa más allá de eso.

Byung-Chul Han nos pone este concepto, “infocracia” para describir una forma de poder que en base a la información y los datos está superando al lugar de las leyes, partidos o ideologías tradicionales.

Resumido nos hace ver que el poder pasa de la narrativa a los datos. Esto significa que la política antigua funcionaba con relatos, ideologías e historias colectivas. La infocracia funciona con datos en tiempo real: métricas, likes, clics, señales de comportamiento. Lo que se mide, se gobierna.

Ocurre, entonces, que la transparencia se vuelve control. Todo es visible, rastreable, compartible. Pero esa transparencia fluye en una sola dirección: hacia las plataformas y algoritmos que pueden predecir y dirigir nuestra conducta. La sensación de «saberlo todo» reemplaza a la deliberación.

Así, la atención reemplaza a la verdad como moneda. En la infocracia, lo que se difunde no es lo verdadero o falso, sino lo que captura la atención. La indignación, la velocidad y la viralidad pesan más que el argumento o la evidencia.

Entramos, entonces, en una crisis de la democracia. Han nos dice que la infocracia vacía la formación de la voluntad democrática. En vez de que los ciudadanos formen opiniones debatiendo, reciben información microsegmentada que refuerza sus impulsos previos. Tienes polarización sin deliberación, y consenso sin consentimiento real.

Esto es posdisciplinaria.  La sociedad disciplinaria de Foucault usaba cárceles, escuelas, fábricas para normalizar la conducta. La infocracia usa dashboards, notificaciones y motores de recomendación. Es más sutil, autoadministrada y difícil de resistir porque se siente como una elección libre.

En resumen: en la infocracia, el flujo de información es la estructura de poder. El algoritmo, el feed, el panel de control no solo refleja la realidad, la organizan.

Un ejemplo: Caso: Elecciones municipales en una ciudad de 500 habitantes.

Recolección de datos. Se compran bases de datos de Facebook, apps de delivery, bancos y operadoras. No para saber los nombres, sino los patrones: qué páginas seguimos, a qué hora compramos, qué rutas usamos, qué palabras usamos en comentarios. Con eso nos introducen en un segmento: «Madre 32 años, preocupada por seguridad, ve videos de cocina, usa transporte público».

Diseño de micro – mensajes. No hay un solo eslogan de campaña. Se crean 200 versiones distintas del mismo mensaje:

– Al segmento «padres preocupados»: video del candidato en un parque diciendo «tus hijos merecen calles seguras».

– Al segmento «jóvenes con deudas»: meme sobre el costo de la vida y propuesta de becas.

– Al segmento «adultos mayores»: audio de WhatsApp con voz grave hablando de pensiones.

Nadie ve el mensaje completo del oponente. Cada uno ve solo lo que le activa.

Distribución por algoritmos. Se invierte en ads para que esos micro – mensajes solo le aparezcan a su segmento. El algoritmo de TikTok e Instagram hace el trabajo: lo ubican cuando estamos aburrido y más susceptible. No hay debate público porque cada burbuja recibe una realidad distinta.

Refuerzo y desvío de atención. Si, sale un escándalo, no se niega. Se inunda la red con 50 temas distintos en 24h: un video del candidato ayudando en una inundación, un chiste viral, una polémica de un influencers. El algoritmo entierra el tema viejo porque la gente ya está hablando de otra cosa. No se censura, se diluye.

Medición y ajuste en tiempo real. Cada 2 horas se ve qué mensaje sube el engagement y qué mensaje baja la intención de voto en ese segmento. Se mata el que no funciona y se escala el que sí. Es como optimizar una tienda online, pero aplicado a votos.

Resultado: El día de la elección, el 60% de la gente vota creyendo que el candidato «habla de lo que a mí me importa». Y tienen razón, porque solo les mostraron esa parte. El otro 40% ni siquiera sabe que existe ese discurso porque nunca les llegó.

Eso es infocracia: el poder ya no está en controlar lo que se dice, sino en controlar quién ve qué.

Veamos otro ejemplo. Imaginemos que somos de un equipo de campaña de un candidato a alcalde. Utilizando la campaña en Instagram, la lógica de infocracia funciona así:

Segmentación invisible. El sistema detecta 3 grupos grandes en la ciudad:

– Grupo A: 18-24 años, siguen cuentas de gaming y memes. Tiempo de uso: 11 pm-2am.

– Grupo B: 30-45 años, siguen cuentas de maternidad, recetas, escuelas. Tiempo de Uso: 7-9am y 8-10pm.  

– Grupo C: 55+, siguen noticias locales, páginas religiosas. Tiempo de Uso: 6-8am.

Se crea un contenido diferente para cada grupo, en la misma cuenta oficial

Para el Grupo A*: Post del candidato jugando FIFA con un influencers local.

Caption: «Hay que arreglar el internet de la ciudad para que no se lagee (sea lento). No habla de impuestos ni obras. Solo conexión cultural.

Para el Grupo B: Reel del candidato en un parque con niños. Texto en pantalla: Parques seguros = niños felices. Música trending de mamás de TikTok.

Para Grupo C: Foto del candidato en misa + frase sobre «valores y familia». Se sube a las 6:30am para que sea lo primero que vean.

Nadie ve los otros dos posts a menos que entre directo al perfil. En el feed, cada uno cree que el candidato «es como yo».

Comentarios y alcance controlados. Los comentarios negativos se ahogan solos. Si alguien del Grupo A critica al candidato por no hablar de seguridad, ese comentario no le aparece al Grupo B. El algoritmo prioriza comentarios con más likes del mismo segmento. Así no hay choque entre burbujas.

Historias y encuestas para afinar. Se suben historias con encuestas tipo «¿Qué te preocupa más: transporte o seguridad?». No es para decidir políticas. Es para saber en qué apretar mañana con un nuevo video dirigido solo a los que votaron «transporte».

Campaña en otra red usa la misma lógica, distinto formato

Movilización dirigida. Sale un tren de «caos en el transporte». El candidato no twittea una propuesta general. Su equipo manda 5 tweets distintos desde cuentas aliadas:

Para el segmento «trabajadores»: «3 horas diarias perdidas en el bus. Esto no puede seguir».

Para el segmento «empresarios»: «El tráfico le cuesta 2M diarios a la ciudad».

Para el segmento «estudiantes»: Meme de llegar tarde al examen por el bus.

Cada tweet se impulsa solo para ese segmento. La conversación pública parece fragmentada, pero todos están siendo empujados al mismo voto.

Silencio selectivo. Si el oponente saca una propuesta fuerte sobre seguridad, no se responde directo. Se inunda X con el hashtag del candidato sobre «cultura» y «deporte» durante 6 horas. El tema del oponente se cae del timeline porque el algoritmo ve que la gente interactúa más con lo nuevo.

Clave de todo esto: No hay censura, no hay un discurso único que atacar. Hay 20 micro campañas corriendo en paralelo. Al final del día, cada elector siente que el candidato le habló directo a él. Y técnicamente es cierto.

Esto es lo que cambia: antes ganaba quien tenía el mejor discurso en la plaza. Ahora gana quien tiene los mejores datos y el mejor algoritmo para repartir 100 discursos distintos.

A diferencia del panóptico disciplinario, que mantenía a los individuos dóciles mediante el aislamiento y la visibilidad forzada, el régimen de la información opera en redes abiertas, donde la vigilancia se ejerce a través de la comunicación y la generación de datos. Paradójicamente, las personas no se sienten vigiladas, sino libres, y es esta sensación de libertad la que asegura la dominación. 

La transparencia, lejos de ser un signo de apertura, es el imperativo sistémico que exige que todo se presente como información, convirtiendo la sociedad de la información en una sociedad de la transparencia donde las personas están atrapadas por los grilletes de la comunicación constante y la autoproducción.

La digitalización somete nuestra percepción y convivencia a un cambio radical, llevando a la democracia a degenerar en lo que Han denomina “infocracia”. Si en los albores de la democracia el libro y el público lector eran esenciales para el discurso racional ilustrado, los medios electrónicos han destruido este discurso, produciendo una “mediocracia” donde la pasividad del receptor es la norma. La política se vacía de sustancia y se convierte en un espectáculo telecrático de imágenes, donde lo que importa es el mejor espectáculo, no los argumentos.

En palabras sencillas, estamos ingresando a un mundo que maneja nuestras conductas y nuestras decisiones. Cada gesto que estamos realizando, la IA se adelanta a terminarlo ya ofrecernos soluciones que nos parecen verosímil.

Su forma de ser, destruye lo tradicional y que llamamos democracia, pues impone aquello que es de inmediato, práctico verosímil.

Como se podrá observar la IA no solo nos ayuda en las labores que son repetitivas y de riesgo industrial o materialidad en general, nos está destruyendo un mundo en donde la religión y la democracia deben buscar nuevos mecanismos para y lo hago en consulta: ¿Para sobrevivir?


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