
Pablo Palet Araneda
Académico Facultad de Ciencias Religiosas y Filosofía
Universidad Católica de Temuco
El lema del Día de la Tierra de este miércoles 22 de abril propone una frase ambiciosa: «Nuestro poder, nuestro planeta». Con ello se nos invita a usar nuestra capacidad de acción colectiva para exigir protecciones ambientales y un futuro sostenible.
Sin embargo, en el mundo la crisis climática parece eclipsada por la guerra y el actuar unilateral de los países poderosos. En Chile, el gobierno retira de la Contraloría decretos que permitían poner en práctica diversas iniciativas de protección ambiental. Al mismo tiempo, anuncia un plan de reconstrucción nacional que incentiva la inversión y reduce las salvaguardas de protección del medioambiente.
Frente a este escenario, cabe preguntarse por el lema: ¿»nuestro poder» se entiende como una herramienta de presión sobre instituciones y gobiernos que hoy parecen sordos? Quienes se preocupan por “nuestro planeta”… ¿tienen realmente poder?
La organización del Día de la Tierra sostiene que las iniciativas comunitarias de acción ambiental local son resilientes a los cambios políticos y contribuyen a la actividad económica entendida desde la perspectiva del bien común. Sin duda que hay ahí una fuerza transformadora valiosa y de largo aliento.
Sin embargo, es necesario ir más allá de la dimensión político-económica y transformar el concepto de poder. Un poder auténtico no es dominio de unos sobre otros y otras, ni de nuestra especie sobre el planeta, sino una forma de vivir enraizada en convicciones profundas, que dan sentido e integridad a la acción. En el cristianismo, el mejor ejemplo es el del Hijo de Dios colgado en una cruz, impotente y, sin embargo, transformador de la historia.
Con todo, la coherencia del actuar entendida en clave individual no explica por sí sola el poder transformador. También se requiere la experiencia de múltiples y variadas pequeñas comunidades que se cuidan y se juegan la vida por aquello que aman: familias, juntas de vecinos, grupos de amigos, pequeñas empresas que ponen en práctica una ética del cuidado. Es el impulso a actuar con amor y justicia más allá de la preocupación por ‘los nuestros’, como parte de una red interdependiente que reconoce que ‘todo está conectado’ como repite insistentemente Laudato sí; o, en palabras del Jefe Seattle, la conciencia de que «todo lo que hiere a la tierra herirá también a los hijos de la tierra”. En el contexto nacional, el pueblo mapuche ha contribuido a esta manera de pensar y sentir con el küme mongen: una armonía con la totalidad de lo existente donde no somos dueños, sino colaboradores.
Así se entiende mejor el lema: Nuestro poder es el poder humilde y resiliente de quienes no dominan nuestro planeta, si no que aprenden a habitar la Tierra como casa común y a cuidar la vida en todas sus formas








